HEROES
“Nuestra libertad y su sostén cotidiano tienen color de sangre y están henchidos de sacrificio”
Che Guevara
I. Madera de héroe
Eberto Lalane José perdió una mano y tres dedos de la otra con 17 años: una bomba destinada a un edificio gubernamental dominicano, destrozó parte de su casa mientras la manipulaba. También perdió el ojo derecho: era su primera acción como miembro del núcleo de estudiantes universitarios que desafiaban – con peligro de su vida - la dictadura triunvira ; era el año 1963. Diez años más tarde Eberto caía abatido por el ejercito dominicano junto con el héroe de abril, el coronel Francis Caamaño mientras operaban en un comando guerrillero en las montañas de Quisquella .
En todo ese tiempo El Fiero, como le apodaron sus compañeros, mantuvo una inquebrantable fe en su causa, liberar la República Dominicana de los gobiernos títeres del imperialismo y llevar adelante los ideales de la revolución de abril. Sus deficiencias físicas no supusieron un impedimento insalvable para una voluntad de hierro. Nunca pretendió hacer recaer en nadie las responsabilidades por sus propias decisiones: no lo hizo cuando siendo casi un niño le enviaron a poner una bomba que no sabía manejar; tampoco lo permitió a su familia cuando, ya amputado, intentaron alejarle de sus compañeros de acción política. En los entrenamientos guerrilleros realizados en Cuba renunció a cualquier ayuda técnica que le facilitase disparar, caminar, o agarrar objetos: depender de esas ayudas lo convertían – a él y a su grupo guerrillero – en un objetivo fácil en caso de que, una vez en la acción, la prótesis fallara, se perdiera o se deteriorase.
Eberto no fue el único en su clase. Es hijo de una época fértil en hombres y mujeres cuya talla moral y capacidad de sacrificio alcanza proporciones inimaginables. Otras épocas pueden alardear de haber producido gigantes de la misma valía: léase la biografía de Miguel Núñez, comisario político en el frente durante la guerra civil española, encarcelado, torturado, liberado, dirigente del PSUC en la clandestinidad, vuelta a detener y torturar, figura central durante la transición en Cataluña y fundador de la ONG Acsur Las Segovias.
Montalbán, en el prologo a las memorias de Miguel Nuñez acierta en su juicio:
“cada generación construye su musculatura épica según la magnitud del desafío¨
En nuestra época, dice “no se ha agotado la capacidad de sacrificio y generosidad” con que los humanos respondemos a los desafíos históricos.
Lo que distingue para mal nuestro presente es que estamos anegados de naderías y simulacros que corrompen la sustancia moral del género humano.
II. Una época mou
Desde la atalaya de la posmodernidad, no nos dejamos asombrar por la fortaleza y coherencia de estos hombres y mujeres. Más bien al contrario, cada elemento añadido a su caracterización confirma su carácter monstruoso, la dimensión profundamente inhumana del héroe y de las exigencias que se autoimpone. Personalidades inflexibles, mentalidades fanáticas, ideologías pretéritas – todas lo son – y otras sanciones similares nos distancian del mito heroico. En palabras de Hobsbawn “una modosa cautela parece ser la mejor postura para el ser humano y la ausencia de pasiones su objetivo social menos dañino”
Si, como es verosímil, nos caracteriza como época el escepticismo frente a toda visión omnicomprensiva que implique la movilización total de los individuos o las sociedades en pos de un objetivo moral, no deja de llamar la atención que, en general, dicho especticismo es ya, a estas alturas, heredado. Para la juventud la crisis de los metarelatos es, en esencia, otro relato (y poco conocido). La inanidad moral innata expresa el éxito de la posmodernidad. Nacemos instalados en la desmoralización.
Afirma Salvador Giner, y lo comenta Gonzalez Casanova, la existencia de tres dimensiones en la “actual desmoralización de los españoles”: inmoralidad, amoralidad, y desánimo. En este paisaje social y moral sólo se erigen simulacros de progreso: el éxito como trasunto del heroísmo; el autoritarismo fascista que pasa por justicia; el sentimentalismo como sustituto del amor; el odio, caricatura malsana de la conciencia indignada.
La posmodernidad acompaña la crítica, necesario bálsamo contra los excesos de la utopía, de una injustificable arrogancia . Los litterateurs de la posmodernidad se piensan, con descaro, mejores que los héroes de la modernidad. Hay algo ridículo en el infantil sentido de superioridad del que alardea el discurso posmoderno. Agotado en sí mismo, el sarcasmo posmoderno solo sirve para eludir asumir las responsabilidades propias de una época.
Frente al sarcasmo se erige la esperanza. La esperanza es moderna; más que voluntad de verdad o sueño de certeza, la esperanza es un anhelo de claridad (Bauman, citado por Bericat). En Marx: devolver el control de la sociedad a los hombres, desfacer el entuerto de la mercancía (los hombres son los objetos, las cosas los sujetos). El gran filosofo de la esperanza (esa virtud teologal, como nos recuerda González Casanova) es Bloch; recogiendo su pensamiento Hobsbawn nos ilustra:
“es esencial criticar lo que niega la esperanza, o más aún lo que oscurece o la desvía, porque el desiderium (el sueño anticipativo) está tan profundamente arraigado en el hombre que puede ponerse de manifiesto que hasta las actitudes más pesimistas (en especial, las más pesimistas) no son más que desviaciones y no negaciones de la exigencia utópica; incluso la angustia o el concepto de nada”.
III. La virtud comunista
Un austero librito editado en Cuba recoge las reflexiones del Che sobre “El socialismo y el hombre en Cuba”. Guevara teoriza la ideología espontánea de una generación de luchadores . No me refiero aquí a teoría política, ni a programa ideológico. Me refiero a la concepción del hombre, del ser humano concreto y de su destino vital. Se puede leer el pensamiento guevarista en este punto como una generalización de una actitud moral previa, de carácter prepolitico. La sociedad socialista es una generalización del hombre comunista, que es a su vez una generalización del guerrillero heroico.
“en la actitud de nuestros combatientes se vislumbraba el hombre del futuro”.
Podemos ir un paso más allá y encontrar, detrás del guerrillero, al hombre que renuncia a su vida y a su familia para echarse al monte. Ese hombre que no soporta más la injusticia ni las vejaciones, con una conciencia clara del deber ser, y que consagrará su vida a hacer coincidir el mundo real con su exigencia moral. En este punto, el guerrillero es a su vez es una generalización del fiero irreductible. El imaginario moral detrás de esta figura no es exactamente comunista – si bien el héroe comunista nace de esta matriz racionalizando y dando sentido político a algunas de las exigencias que impone – ni tampoco, como se pretende a veces, cristiano –por más que la tradición mesiánica y utópica esté latiendo en lo profundo de este sentir -. Es esencialmente una ideología de la masculinidad . Actualiza en el revolucionario la exigencia aristocrática del honor: la virtud del aristócrata es el honor, la del siervo – y la mujer - es la obediencia. En este sentido es también una ideología premoderna. Su generalización a todas las clases y grupos sociales (esclavos, mujeres) y su engarce con las utopias de liberación basadas en consideraciones estrictamente modernas, dota de una especial potencia política a la moral revolucionaria.
Así la dimensión del honor es parte fundamental de las epopeyas revolucionarias. Y junto al honor, el sacrificio:
“los primeros lo conocieron en Sierra Maestra y dondequiera que se luchó; después lo hemos conocido en toda cuba. Cuba es la vanguardia de América y debe hacer sacrificios porque ocupa el lugar de avanzada”
Sacrificio tanto mayor cuanto mayor es el compromiso y la responsabilidad asumida en la lucha por la libertad plena. Continúa Guevara:
“Los dirigentes de la revolución tienen hijos que en sus primeros balbuceos no aprenden a nombrar al padre; mujeres que deben ser parte del sacrificio general de su vida para llevar la revolución a su destino; el marco de los amigos responde estrictamente al marco de los compañeros de revolución. No hay vida fuera de ella”
Eberto Lalane José, el fiero, escribe a su mujer, Quisqueya, expresando la indisoluble ligación entre su amor y el hecho de compartir la misma causa revolucionaria. La revolución exige un penoso trabajo de sublimación de los sentimientos de amor a la humanidad que guían al revolucionario, porque “no puede descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano a los lugares donde el hombre común lo ejercita” (Guevara).
Nada puede haber más ajeno a nuestra época mou: la subjetividad, la sensibilidad, la diferencia, los afectos… toda la realidad es laminada en pos de las exigencias de la lucha. El revolucionario tensa todas las dimensiones de su existencia inmediata, empezando por la vida familiar .
El sacrificio es el precio que se paga por la libertad. Una libertad regalada es una trampa. Del mismo modo, la abundancia es un regalo envenenado. El bienestar debe ser fruto del trabajo. Libertad y bienestar sin sacrificio (lucha, trabajo) esconden necesariamente formas de corrupción. Dos imágenes al respecto:
Robert Aldrich dirige en 1963 una película bíblica con sorprendentes parábolas liberales (liberales en el sentido estadounidense de la palabra): Sodoma y Gomorra.. El mensaje de la película es, precisamente, la corrupción del pueblo elegido (es decir, el pueblo americano ): cuando abandona el trabajo de la tierra (sustituido por el comercio de la sal = el dinero); cuando se busca el amparo del tirano; cuando se tolera la esclavitud del otro (el esclavo = el negro) evitando acoger al esclavo huido; entonces el pueblo elegido se condena a desaparecer como pueblo y a integrase como uno más en la pecaminosa ciudad de Sodoma. La identidad del pueblo americano es su misión histórica: la epopeya del pueblo libre que defiende su libertad y la de los otros, y que erige su grandeza sobre la base del trabajo duro. No puede haber concesiones en este sentido (Lot pagará sus pecados perdiendo a su mujer – convertida en sal - en el trance).
José Padilha es el director de Tropa de Élite, una película que relata el proceso de conversión de un policía carioca en la persona adecuada para ejercer el mando superior de la BOPE, policía de élite del Estado, en guerra permanente con las favelas y las mafias que las dominan. El proceso de conversión viene tutelado por el comandante que, por los efectos que tiene sobre su familia, decide dejar el puesto. Pero sólo lo dejará en manos de alguien en que confíe. La transformación de nuestro protagonista se desarrolla a través de un proceso de entrenamiento inaudito en su exigencia; culmina en una elección: o tu vida de antes (los amigos de la universidad, pacíficos, solidarios, clase media, tolerantes con las drogas) o tu vida de ahora; las dos cosas no son posibles. Mantener ambos mundos en paralelo es insostenible y los efectos de intentarlo pueden ser devastadores. Separarse del mundo y abocarse a una sola causa es la única manera de ganar la batalla (revolucionaria o contra la mafia) y también la única manera de evitar la carcoma de la corrupción: los corruptos no aguantan la exigencia del entrenamiento, solo los que tienen fe en la causa lo pueden hacer; de la misma manera un hombre “deja infiltrarse los gérmenes de la futura corrupción” si distrae su mente por la preocupación de que “su familia carezca de determinado bien necesario” (Guevara).
En el discurso revolucionario el héroe es una diferenciación funcional del sistema social, que acumula sobre él toda la carga de poder necesaria para realizar una ruptura sistémica. La concentración de energía fisica (entrenamiento) ideológica, moral y emocional caracteriza a la vanguardia frente a la masa. Esa carga de poder otorga al revolucionario una dimensión mítica, casi sagrada, pero lleva asociada la exigencia del sacrificio.
IV. Socialismo de héroes
Sentido del honor y disposición al sacrificio otorgan al revolucionario la fuerza para transformar el mundo real. Y esa transformación es una ruptura violenta. La disposición al sacrificio propio legitima un cuantum de crueldad contra contra el otro: es el terror revolucionario que inaugura la gloriosa revolución francesa. Marx:
“No-heroica como es la sociedad burguesa, se necesitó, sin embargo, el heroísmo del sacrificio del terror, de la guerra civil y de las matanzas populares para establecerla en el mundo”
Terry Eagleton nos ilustra sobre lo mismo:
“Una vez que las clases medias están instaladas en el poder tienen que, de algún modo, reescribir su historia revolucionaria (..) El drama épico deja paso a la prosa aburrida y decente de la novela realista de la vida cotidiana (...) De no hacerse, uno no hará sino recordar a sus antagonistas políticos cuál es el modo en que se puede cambiar el mundo”
El terror es la forma que adquiere el poder revolucionario contra el enemigo de clase. Pero, hacia las masas, la vanguardia ejerce también métodos coercitivos. La construcción del comunismo implica una transformación de la base material de la sociedad (en especial la abolicion de la mercancia) pero simultameamente hay que hacer al hombre nuevo, mediante la educación, la sintonía emocional de los lideres con la masa y el ejemplo de la vanguardia. ¿Qué papel juega entonces la coerción? Dado que la transformación social es un proceso lento y desigual aparecen diferencias.
“mientras en los primeros [la vanguardia] se produce un cambio cualitativo que le permite ir al sacrificio en su función de avanzada, los segundos [las masas] solo ven a medias y deben ser sometidos a estímulos y presiones de cierta intensidad: es la dictadura del proletariado ejerciéndose no solo sobre la clase derrotada sino también individualmente, sobre la clase vencedora”
La relacion masa - vanguardia viene marcada por el objetivo máximo socialista: elevar a cada ciudadano a la categoría de héroe. Una sociedad socialista es una sociedad de héroes. Pero tal sociedad no deviene automáticamente con la toma del poder político. Guevara resume la clave del proyecto de sociedad socialista:
“encontrar la fórmula para perpetuar en la vida cotidiana esa actitud heroica, es una de nuestras tareas fundamentales desde el punto de vista ideológico”
Guevara es consciente de que no se trata de una tarea fácil:
“en momentos de peligro extremo es fácil potenciar los estimulos morales; para mantener su vigencia es necesario el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas”
La sociedad de héroes es el contramodelo social que el socialismo opone al capitalismo. En el capitalismo el estímulo del interés material convierte a los trabajadores en mercancías-hombres alienados y esclavos del orden económico. En el socialismo el trabajo es un deber social y “la máquina es solo la trinchera donde se cumple el deber”.
V. De al revolución al socialismo
La insistencia de la ideología guevarista en la solidez moral e ideológica del individuo como cemento de la sociedad socialista, corre pareja a sus advertencias sobre los efectos perniciosos de no transformar las condiciones materiales de la vida económica.
“La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia”
El interés material como estímulo a la participación de las
personas en la vida social y económica es, a largo plazo, incompatible con el comunismo. La insistencia en la formación ideológica de las masas y en la extensión de la ideologia heroica mediante la educación y el ejemplo de las vanguardias, tiene su origen en la necesidad de compensar las herencias ideológicas del pasado capitalista; pero tambien es necesaria para combatir los efectos ideológicos de la persistencia de un sistema económico no plenamente desligado de la forma mercancía.
Guevara advierte contra “la tentación de seguir los caminos trillados del interés material, como palanca impulsora de un desarrollo acelerado”.
En una reciente publicación Pierre Rolle desarrolla la tesis de la virtual imitación que realizó la economía soviética de los mecanismos mercantiles de organización de la producción propios de las economía capitalistas. En esta situación no podía sino agudizarse la contradicción entre el discurso oficial y la ideología práctica de las masas.
Claudio Katz ha recogido los debates socialistas sobre “los incentivos” para concluir con una decisión salomónica:
“para alcanzar estos objetivos [erigir una sociedad igualitaria] es tan nociva la aplicación de políticas voluntaristas (como por ejemplo el Gran Salto Adelante del maoismo) como el perverso estímulo de beneficios excluyentes para los directores de empresas, que precedió al desplome del socialismo real”
Su visión de las posiciones del Che resulta ilustrativa:
“el propio Guevara era consciente de la función específica de su propuesta que estaba destinada a reforzar la cohesión social y la conciencia política de la población cubana en pleno auge de la revolución. La reivincidación del estímulo moral era conveniente y oportuna en esa época y ese país, pero no implicaba un rechazo principista al estímulo material”.
La tarea que le queda pendiente al socialismo, por tanto, es definir un modelo de producción para los tiempos posheroicos que no resulte en una mala imitación del capitalismo. Si bien es innegable que, como afirma Katz este aliento heroico “resultaría insoslayable en los procesos de transición socialista” sobre todo en la economías subdesarrolladas, una vez superada la onda revolucionaria – y a despecho de pretender alargarla hasta el infinito en el marco de la revolución mundial pendiente – se impone la necesidad de definir un modelo productivo de nuevo tipo.
Cuando los padres fundadores de la economía liberal defendían desde su atalaya escocesa la economía mercado no la pensaban, como se tiende a creer, como un mero instrumento económico. Sanchez Capdequí, siguiendo a Silver y Dodd, describe como, para ellos, la economía de mercado estaba henchida de valor moral porque lejos de derivar en una guerra de todos contra todos
“la pasión comercial puede dar pábulo a una sociedad civilizada, a una versión más amable que las del Leviatán de Hobbes (...) El mercado se alza sobre la idea de simpatía natural que remite a un mecanismo procesual sin contenidos emocionales o morales intrínsecos (...) Con ello se disuelven los lazos exclusivistas definidos por la costumbre, el grupo corporativo, la posición y la jerarquía”
De la misma manera, el dinero “encarna la autocontención pasional del hombre moderno que, forzado a actuar desde el cálculo, aleja la violencia y la fuerza de su comportamiento”.
Nuestro reto como socialistas consiste en definir y levantar un mecanismo económico procesual que no dependa de un constante bombeo desde el exterior de ideología heroica y que a la vez sea un generador neto de conciencia solidaria que aleje la violencia y la fuerza de las relaciones entre las personas y las naciones.